LA MUERTE DEL BARDO (Poema 378)
Sus ojos no soportaban
La luz de la mañana,
Su piel sufria, el más mínimo
Embate del sol.
Su rebeldia, chocaba
En las esquinas,
Con el apuro de la gente
Corriendo el colectivo.
La horrible música
A todo volumen, que venía
De los autos, competía
Con el chillido de miles
De pájaros, hasta dejarlo
Un poco sordo
Y de pésimo humor.
Hasta que por fin
Llegaba el atardecer
Y la ciudad, cansada
De tanta alienación,
Se dejaba ganar por la sombra,
Entonces, todo se volvía
Más lento, más humano
Más verdadero.
Callaban las aves
Cobijadas en sus humildes
Refugios de ramas y tierra.
El terminaba de malgastar
Su tiempo, en trabajos inútiles
Y podían, finalmente
Descansar las horas
En el pulso acompasado
De la noche.
Recién entonces, comenzaba
Cada jornada, a curar su herida
A vivir su vida, al amparo
De la oscuridad.
Con los ojos bien abiertos
Sentía a veces,
Asomarse a la verdad,
Con el vértigo y la luz
De su relámpago.
Tomaba su cuaderno
Y su lapicera
Como si blandiera un arma
Entonces, luchaba
Con cada palabra
Hasta convertirla en verso,
O al menos lo intentaba
Con más determinación
Que talento.
Murió una madrugada
De cielo encapotado,
Dejó un poema sin terminar
Ocultas, la luna y las estrellas
Nadie supo, ni sabrá jamás
Si fue rocío, lluvia o llanto
Lo que esa madrugada
